LOS SABERES DE MIS ESTUDIANTE
Para la realización de esta actividad, se promovió una plática con 50 alumnos de segundo semestre, de la Preparatoria Oficial N° 36. El tema fue el uso de Internet
Al tener un acercamiento con los alumnos y adentrarnos en un intercambio de experiencias sobre el conocimiento y habilidad en el manejo de la tecnología, en especial en el uso de Internet, los alumnos coinciden en varios aspectos como, por ejemplo, el gusto por asistir al Café-Internet paras realizar sus tareas, esto es porque una mayoría del grupo cuenta con computadora pero no con el servicio de Internet; manifiestan que es en esos lugares donde han podido navegar, buscar y encontrar, muchos de los servicios que este medio da, han aprendido a crear su correo, lo que les permite estar en contacto con mucha gente y con sus compañero así como hacer amigos de diferentes lugares.
El poder hacer uso de Internet, le facilita adquirir (bajar) información para realizar sus tareas y así “buscamos, copiamos y pegamos” y está listo su trabajo para entregarlo a tiempo, cuando se les cuestiona por qué no utilizan otras fuentes, dicen que “no son necesarios porque en Internet también hay libros, enciclopedias y diccionarios, solo hay que saber bajarlos”
Como la tarea la hacen rápido, entonces pueden chatear con las amistades que han cultivado al estar conectados a Internet; también, copian música de “onda” a sus teléfonos, buscan videojuegos “sencillos y de muchas equis”, si se puede también la copian. En fin, como casi siempre van en pequeños grupo, lo que no se le ocurre a uno se le ocurre a otro y hasta que se les acaba el tiempo (y el dinero) rentado o llega la hora de regresar a sus domicilios.
Los saberes de los muchachos son muchos, han podido desarrollar una serie de habilidades, conocimientos, estrategias de comunicación (pues tienen sus claves) ahora corresponde a los docentes el sistematizar esos conocimientos y aprovechar esas habilidades. ¿Cómo? Enseñarlos a buscar información veraz como base para realizar sus tareas, reconocer la autoría de quien escribe y registrar la fuente de donde adquieren la información, fomentar la reflexión y la crítica de la información extraída, estaremos practicando la honestidad y creatividad de los trabajos que los alumnos presentan a sus profesores.
Los estudiante y docentes, a través de un trabajo colaborativo, podrán promover una enseñanza mutua, no podemos hacer a un lado, que las habilidades de los chicos, que muchas veces superan a las del docente. Lo que dificultaría la realización de esos trabajos sería la falta de infraestructura en nuestras escuelas, pero en un momento dado se promovería la integración del área de computación (maestro y aula de computo) a las actividades a realizarse.
martes, 11 de mayo de 2010
sábado, 8 de mayo de 2010
La aventura de ser maestro
José M. Esteve
Universidad de Málaga
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Ponencia presentada en las XXXI Jornadas de Centros Educativos
Universidad de Navarra. 4 de febrero de 2003
Tras veinticinco años de recorrido profesional, el autor afirma que se aprende a ser profesor por ensayo y por error. En el camino deben sortearse distintas dificultades, como elaborar tu propia identidad profesional, dominar las técnicas básicas para ser un buen interlocutor, resolver el problema de la disciplina y adaptar los contenidos al nivel de conocimiento del alumnado.
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La enseñanza es una profesión ambivalente. En ella te puedes aburrir soberanamente, y vivir cada clase con una profunda ansiedad; pero también puedes estar a gusto, rozar cada día el cielo con las manos, y vivir con pasión el descubrimiento que, en cada clase, hacen tus alumnos .
Como casi todo el mundo, yo me inicié en la enseñanza con altas dosis de ansiedad; quizás porque, como he escrito en otra parte, nadie nos enseña a ser profesores y tenemos que aprenderlo nosotros mismos por ensayo y error. Aún me acuerdo de mi primer día de clase: toda mi seguridad superficial se fue abajo al oír una voz femenina a mi espalda: “¡Qué cara de crío. A éste nos lo comemos!”. Aún me acuerdo de mi miedo a que se me acabara la materia que había preparado para cada clase, a que un alumno me hiciera preguntas comprometidas, a perder un folio de mis apuntes y no poder seguir la clase... Aún me acuerdo de la tensión diaria para aparentar un serio academicismo, para aparentar que todo estaba bajo control, para aparentar una sabiduría que estaba lejos de poseer...
Luego, con el paso del tiempo, corrigiendo errores y apuntalando lo positivo, pude abandonar las apariencias y me gané la libertad de ser profesor: la libertad de estar en clase con seguridad en mí mismo, con un buen conocimiento de lo que se puede y lo que no se puede hacer en una clase; la libertad de decir lo que pienso, de ensayar nuevas técnicas para explicar un tema, de cambiar formas y modificar contenidos. Y con la libertad llegó la alegría: la alegría de sentirme útil a los demás, la alegría de una alta valoración de mi trabajo, la alegría por haber escapado a la rutina convirtiendo cada clase en una aventura y en un reto intelectual .
Pensar y sentir
El camino y la meta me los marcó Unamuno en una necrológica de Giner de los Ríos, leída por azar en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza: “Era tan hombre y tan maestro, y tan poco profesor -el que profesa algo-, que su pensamiento estaba en continua y constante marcha, mejor aun, conocimiento... y es que no escribía lo ya pensado, sino que pensaba escribiendo como pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir”.
”Era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir”... Miguel de Unamuno y su preocupación por enlazar pensamiento y sentimiento... Nunca encontré una mejor definición del magisterio: dedicar la propia vida a pensar y sentir, y a hacer pensar y sentir ; ambas cosas juntas. Muchos colegas coinciden en este punto. Mª Carmen Díez, desde la escuela primaria, expresa así su visión actual de la enseñanza: “ahora entiendo la escuela como un sitio adonde vamos a aprender, donde compartimos el tiempo, el espacio y el afecto con los demás; donde siempre habrá alguien para sorprenderte, para emocionarte, para decirte al oído algún secreto magnífico”. Fernando Corbalán, un profesor de secundaria, tras hablarnos de que en clase tenemos que divertirnos, buscar el ansia de saber y propiciar una atmósfera de investigación , concluye: “Y no se piense que sólo se abre la mente a los alumnos. También la del profesor se expande y se llena de nuevos matices y perspectivas más amplias, y funciona la relación enriquecedora en los dos sentidos. Mi experiencia, al menos, me dice que algunos de los juegos y problemas con los que he disfrutado, y que sigo utilizando, han tenido su origen en la dinámica de la clase... Y cuando se crea esa atmósfera mágica en clase, con los fluidos intelectuales en movimiento, pocas actividades hay más placenteras”.
Hace tiempo, descubrí que el objetivo es ser maestro de humanidad. Lo único que de verdad importa es ayudarles a comprenderse a sí mismos y a entender el mundo que les rodea . Para ello, no hay otro camino que rescatar, en cada una de nuestras lecciones, el valor humano del conocimiento. Todas las ciencias tienen en su origen a un hombre o una mujer preocupados por desentrañar la estructura de la realidad. Alguien, alguna vez, elaboró los conocimientos del tema que explicas, como respuesta a una preocupación vital. Alguien, sumido en la duda, inquieto por una nueva pregunta, elaboró los conocimientos del tema que mañana te toca explicar. Y ahora, para hacer que tus alumnos aprendan la respuesta, no tienes otro camino más que rescatar la pregunta original. No tiene sentido dar respuestas a quienes no se han planteado la pregunta; por eso, la tarea básica del docente es recuperar las preguntas, las inquietudes, el proceso de búsqueda de los hombres y mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en nuestros libros . La primera tarea es crear inquietud, descubrir el valor de lo que vamos a aprender, recrear el estado de curiosidad en el que se elaboraron las respuestas. Para ello hay que abandonar las profesiones de fe en las respuestas ordenadas de los libros, hay que volver las miradas de nuestros alumnos hacia el mundo que nos rodea y rescatar las preguntas iniciales obligándoles a pensar.
Cada día, antes de explicar un tema, necesito preguntarme qué sentido tiene el que yo me ponga ante un grupo de alumnos para hablar de esos contenidos, qué les voy a aportar, qué espero conseguir. Y luego, cómo enganchar lo que ellos saben, lo que han vivido, lo que les puede preocupar, con los nuevos contenidos que voy a introducir. Por último me lanzo un reto: me tengo que divertir explicándolo, y esto es imposible si cada año repito la explicación del tema como una salmodia, con la misma gracia en el mismo sitio y los mismos ejemplos; llevo treinta años oyéndome explicar los temas, en algunas ocasiones, repitiéndolos dos o tres veces en distintos grupos; he calculado que me jubilo el año 2.021 y estoy seguro de que moriré de aburrimiento si me oigo año tras año repitiendo lo mismo, con mis papeles cada vez más amarillos y los rebordes carcomidos. La renovación pedagógica, para mí, es una forma de egoísmo: con independencia del deseo de mejorar el aprendizaje de mis alumnos, la necesito como una forma de encontrarme vivo en la enseñanza, como un desafío personal para investigar nuevas formas de comunicación, nuevos caminos para hacer pensar a mis alumnos... “pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir...” Desde esta perspectiva, la enseñanza recupera cada día el sentido de una aventura que te rescata del tedio y del aburrimiento, y entonces encuentras la libertad de expresar en clase algo que te es muy querido . Inmediatamente recibes la respuesta: cien alumnos pican el anzuelo de tu palabra y ya puedes dejar correr el sedal, modulas el ritmo de tu explicación a la frecuencia que ellos emiten con sus gestos y sus preguntas, y la hora se pasa en un suspiro -también para ellos-. Y entonces descubres la alegría: ese momento de magia te recompensa las horas de estudio y te hace sentirte útil en la enseñanza.
No hay mejor regalo de los dioses que encontrar un maestro. A veces tenemos la fortuna de encontrar a alguien cuya palabra nos abre horizontes antes insospechados, nos enfrenta con nosotros mismos rompiendo las barreras de nuestras limitaciones; su discurso rescata pensamientos presentidos que no nos atrevíamos a formular, e inquietudes latentes que estallan con una nueva luz.
José M. Esteve
Universidad de Málaga
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Ponencia presentada en las XXXI Jornadas de Centros Educativos
Universidad de Navarra. 4 de febrero de 2003
Tras veinticinco años de recorrido profesional, el autor afirma que se aprende a ser profesor por ensayo y por error. En el camino deben sortearse distintas dificultades, como elaborar tu propia identidad profesional, dominar las técnicas básicas para ser un buen interlocutor, resolver el problema de la disciplina y adaptar los contenidos al nivel de conocimiento del alumnado.
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La enseñanza es una profesión ambivalente. En ella te puedes aburrir soberanamente, y vivir cada clase con una profunda ansiedad; pero también puedes estar a gusto, rozar cada día el cielo con las manos, y vivir con pasión el descubrimiento que, en cada clase, hacen tus alumnos .
Como casi todo el mundo, yo me inicié en la enseñanza con altas dosis de ansiedad; quizás porque, como he escrito en otra parte, nadie nos enseña a ser profesores y tenemos que aprenderlo nosotros mismos por ensayo y error. Aún me acuerdo de mi primer día de clase: toda mi seguridad superficial se fue abajo al oír una voz femenina a mi espalda: “¡Qué cara de crío. A éste nos lo comemos!”. Aún me acuerdo de mi miedo a que se me acabara la materia que había preparado para cada clase, a que un alumno me hiciera preguntas comprometidas, a perder un folio de mis apuntes y no poder seguir la clase... Aún me acuerdo de la tensión diaria para aparentar un serio academicismo, para aparentar que todo estaba bajo control, para aparentar una sabiduría que estaba lejos de poseer...
Luego, con el paso del tiempo, corrigiendo errores y apuntalando lo positivo, pude abandonar las apariencias y me gané la libertad de ser profesor: la libertad de estar en clase con seguridad en mí mismo, con un buen conocimiento de lo que se puede y lo que no se puede hacer en una clase; la libertad de decir lo que pienso, de ensayar nuevas técnicas para explicar un tema, de cambiar formas y modificar contenidos. Y con la libertad llegó la alegría: la alegría de sentirme útil a los demás, la alegría de una alta valoración de mi trabajo, la alegría por haber escapado a la rutina convirtiendo cada clase en una aventura y en un reto intelectual .
Pensar y sentir
El camino y la meta me los marcó Unamuno en una necrológica de Giner de los Ríos, leída por azar en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza: “Era tan hombre y tan maestro, y tan poco profesor -el que profesa algo-, que su pensamiento estaba en continua y constante marcha, mejor aun, conocimiento... y es que no escribía lo ya pensado, sino que pensaba escribiendo como pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir”.
”Era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir”... Miguel de Unamuno y su preocupación por enlazar pensamiento y sentimiento... Nunca encontré una mejor definición del magisterio: dedicar la propia vida a pensar y sentir, y a hacer pensar y sentir ; ambas cosas juntas. Muchos colegas coinciden en este punto. Mª Carmen Díez, desde la escuela primaria, expresa así su visión actual de la enseñanza: “ahora entiendo la escuela como un sitio adonde vamos a aprender, donde compartimos el tiempo, el espacio y el afecto con los demás; donde siempre habrá alguien para sorprenderte, para emocionarte, para decirte al oído algún secreto magnífico”. Fernando Corbalán, un profesor de secundaria, tras hablarnos de que en clase tenemos que divertirnos, buscar el ansia de saber y propiciar una atmósfera de investigación , concluye: “Y no se piense que sólo se abre la mente a los alumnos. También la del profesor se expande y se llena de nuevos matices y perspectivas más amplias, y funciona la relación enriquecedora en los dos sentidos. Mi experiencia, al menos, me dice que algunos de los juegos y problemas con los que he disfrutado, y que sigo utilizando, han tenido su origen en la dinámica de la clase... Y cuando se crea esa atmósfera mágica en clase, con los fluidos intelectuales en movimiento, pocas actividades hay más placenteras”.
Hace tiempo, descubrí que el objetivo es ser maestro de humanidad. Lo único que de verdad importa es ayudarles a comprenderse a sí mismos y a entender el mundo que les rodea . Para ello, no hay otro camino que rescatar, en cada una de nuestras lecciones, el valor humano del conocimiento. Todas las ciencias tienen en su origen a un hombre o una mujer preocupados por desentrañar la estructura de la realidad. Alguien, alguna vez, elaboró los conocimientos del tema que explicas, como respuesta a una preocupación vital. Alguien, sumido en la duda, inquieto por una nueva pregunta, elaboró los conocimientos del tema que mañana te toca explicar. Y ahora, para hacer que tus alumnos aprendan la respuesta, no tienes otro camino más que rescatar la pregunta original. No tiene sentido dar respuestas a quienes no se han planteado la pregunta; por eso, la tarea básica del docente es recuperar las preguntas, las inquietudes, el proceso de búsqueda de los hombres y mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en nuestros libros . La primera tarea es crear inquietud, descubrir el valor de lo que vamos a aprender, recrear el estado de curiosidad en el que se elaboraron las respuestas. Para ello hay que abandonar las profesiones de fe en las respuestas ordenadas de los libros, hay que volver las miradas de nuestros alumnos hacia el mundo que nos rodea y rescatar las preguntas iniciales obligándoles a pensar.
Cada día, antes de explicar un tema, necesito preguntarme qué sentido tiene el que yo me ponga ante un grupo de alumnos para hablar de esos contenidos, qué les voy a aportar, qué espero conseguir. Y luego, cómo enganchar lo que ellos saben, lo que han vivido, lo que les puede preocupar, con los nuevos contenidos que voy a introducir. Por último me lanzo un reto: me tengo que divertir explicándolo, y esto es imposible si cada año repito la explicación del tema como una salmodia, con la misma gracia en el mismo sitio y los mismos ejemplos; llevo treinta años oyéndome explicar los temas, en algunas ocasiones, repitiéndolos dos o tres veces en distintos grupos; he calculado que me jubilo el año 2.021 y estoy seguro de que moriré de aburrimiento si me oigo año tras año repitiendo lo mismo, con mis papeles cada vez más amarillos y los rebordes carcomidos. La renovación pedagógica, para mí, es una forma de egoísmo: con independencia del deseo de mejorar el aprendizaje de mis alumnos, la necesito como una forma de encontrarme vivo en la enseñanza, como un desafío personal para investigar nuevas formas de comunicación, nuevos caminos para hacer pensar a mis alumnos... “pensaba hablando, pensaba viviendo, que era su vida pensar y sentir y hacer pensar y sentir...” Desde esta perspectiva, la enseñanza recupera cada día el sentido de una aventura que te rescata del tedio y del aburrimiento, y entonces encuentras la libertad de expresar en clase algo que te es muy querido . Inmediatamente recibes la respuesta: cien alumnos pican el anzuelo de tu palabra y ya puedes dejar correr el sedal, modulas el ritmo de tu explicación a la frecuencia que ellos emiten con sus gestos y sus preguntas, y la hora se pasa en un suspiro -también para ellos-. Y entonces descubres la alegría: ese momento de magia te recompensa las horas de estudio y te hace sentirte útil en la enseñanza.
No hay mejor regalo de los dioses que encontrar un maestro. A veces tenemos la fortuna de encontrar a alguien cuya palabra nos abre horizontes antes insospechados, nos enfrenta con nosotros mismos rompiendo las barreras de nuestras limitaciones; su discurso rescata pensamientos presentidos que no nos atrevíamos a formular, e inquietudes latentes que estallan con una nueva luz.
Mi confrontación con la docencia
¿Cómo percibo mi práctica docente?
Para contestar esta pregunta, tuve que abrir el baúl de los recuerdos.
Soy profesora normalista, egresada de la Normal “Ignacio M. Altamirano”, en el año de 1968 (en plena revuelta estudiantil), contando con 17 años de edad (en aquel entonces el plan de estudio era de tres años. Debo reconocer que elegí ser profesora desde muy niña, porque siempre fui muy inquieta y por lo mismo, una niña maltratada por sus profesoras (estaba en escuela de niñas), casi siempre castigada en el patio o en la dirección de la escuela. Mi intención, en aquel entonces (fíjense nada más), era ser maestra y tener un grupo y…Desquitarme (¿de quién? ¿con quién?).
Cuando llegue con mi primer nombramiento a la escuela primaria, y tengo el primer contacto con alumnos de quinto grado cuyas edades fluctuaban entre los 10 y 15 años, procedentes de una colonia proletaria en el norte del Distrito Federal, me dí cuenta de la labor que me esperaba. Lo primero que aprendí, fue a escucharlos, y aprendimos a caminar juntos para resolver los problemas tanto escolares como individuales y de la comunidad. (Probablemente mi juventud e inquietud me permitieron hacerlo). Aquella intención de “venganza”, quedó en el olvido
Desde entonces, cultive mi espíritu de servicio, buscando siempre la forma de facilitar el conocimiento (que era lo más importante) de los alumnos; esto me obligo a mantenerme en constante actualización; años más tarde, estudie la Licenciatura en Educación Básica en la U.P.N., lo que abrió nuevos horizontes, nuevos conocimientos, nuevas estrategias y una nueva visión del quehacer educativo. Posteriormente, tengo la oportunidad de cursar la maestría en Ciencias de la Educación, lo que me mantuvo actualizado en el campo educativo, pero que marco la necesidad de seguir aprendiendo.
Ahora pienso que ser Profesor, es aprender todos los días en las aulas, cuyo propósito es facilitar a los discentes, las herramientas necesarias en la búsqueda de una formación integral, es acompañarlos en el proceso de aprendizaje (de conoc., habilidades, actitudes, aptitudes, valores, etc.) apegado a una realidad y dentro de su contexto.
Ser docente de E.M.S., significa dejar la cátedra, como tal, para ser un promotor de necesidades que hagan, a los estudiantes, buscar soluciones pertinentes, eficaces y eficientes; dejar de ocupar la educación memorista e integrar estrategias para lograr un perfil de egreso con los conoc. y competencias necesarias para responder en la vida tanto escolar como laboral.
Es satisfactorio ver que haya crecido la cobertura para los jóvenes que demandan la E.M.S., aunque los grupos numerosos dificultan dar una mejor atención a los alumnos que lo requieren.
Es motivo de insatisfacción el recibir a los alumnos, con una formación tradicional, memorista, “sometida” a un docente (yo hablo, tu te callas), pues dificulta desarrollar su iniciativa y participación.
Para contestar esta pregunta, tuve que abrir el baúl de los recuerdos.
Soy profesora normalista, egresada de la Normal “Ignacio M. Altamirano”, en el año de 1968 (en plena revuelta estudiantil), contando con 17 años de edad (en aquel entonces el plan de estudio era de tres años. Debo reconocer que elegí ser profesora desde muy niña, porque siempre fui muy inquieta y por lo mismo, una niña maltratada por sus profesoras (estaba en escuela de niñas), casi siempre castigada en el patio o en la dirección de la escuela. Mi intención, en aquel entonces (fíjense nada más), era ser maestra y tener un grupo y…Desquitarme (¿de quién? ¿con quién?).
Cuando llegue con mi primer nombramiento a la escuela primaria, y tengo el primer contacto con alumnos de quinto grado cuyas edades fluctuaban entre los 10 y 15 años, procedentes de una colonia proletaria en el norte del Distrito Federal, me dí cuenta de la labor que me esperaba. Lo primero que aprendí, fue a escucharlos, y aprendimos a caminar juntos para resolver los problemas tanto escolares como individuales y de la comunidad. (Probablemente mi juventud e inquietud me permitieron hacerlo). Aquella intención de “venganza”, quedó en el olvido
Desde entonces, cultive mi espíritu de servicio, buscando siempre la forma de facilitar el conocimiento (que era lo más importante) de los alumnos; esto me obligo a mantenerme en constante actualización; años más tarde, estudie la Licenciatura en Educación Básica en la U.P.N., lo que abrió nuevos horizontes, nuevos conocimientos, nuevas estrategias y una nueva visión del quehacer educativo. Posteriormente, tengo la oportunidad de cursar la maestría en Ciencias de la Educación, lo que me mantuvo actualizado en el campo educativo, pero que marco la necesidad de seguir aprendiendo.
Ahora pienso que ser Profesor, es aprender todos los días en las aulas, cuyo propósito es facilitar a los discentes, las herramientas necesarias en la búsqueda de una formación integral, es acompañarlos en el proceso de aprendizaje (de conoc., habilidades, actitudes, aptitudes, valores, etc.) apegado a una realidad y dentro de su contexto.
Ser docente de E.M.S., significa dejar la cátedra, como tal, para ser un promotor de necesidades que hagan, a los estudiantes, buscar soluciones pertinentes, eficaces y eficientes; dejar de ocupar la educación memorista e integrar estrategias para lograr un perfil de egreso con los conoc. y competencias necesarias para responder en la vida tanto escolar como laboral.
Es satisfactorio ver que haya crecido la cobertura para los jóvenes que demandan la E.M.S., aunque los grupos numerosos dificultan dar una mejor atención a los alumnos que lo requieren.
Es motivo de insatisfacción el recibir a los alumnos, con una formación tradicional, memorista, “sometida” a un docente (yo hablo, tu te callas), pues dificulta desarrollar su iniciativa y participación.
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